Detener los femenicidios.

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Quizá eso era el machismo, ese segundo de espanto

que sentimos cuando enfrentamos a la mujer.

Mempo Giardinelli.

Hay que detener los femenicidios de una vez y para siempre. Uno puede volverse violador, pederasta y asesino, en una sola noche. Nuestra vida se forma con las decisiones que tomamos. En un juego de vídeo si tomamos tal decisión ocurrirá algo, y si tomamos una diferente, los caminos serán disímiles. En el vivir nada está escrito, como quieren hacernos creer las religiones. La diferencia con el video juego es que jamás sabremos qué otra cosa pudo haber pasado. Ser asesino es una decisión que se toma, como se decide ser borracho, drogadicto. Las decisiones marcan nuestro destino, y aunque intentemos escapar a nuestras responsabilidades, justificar nuestras acciones, el reconocimiento de nuestros actos quedará.

Hay un antes y un después para la reflexión, encarar nuestras culpas, errores, enfrentar las consecuencias. Eso es un poco lo que Mempo Giardinelli construye en su muy famosa “Luna caliente”. Novela en la que el autor camina bordeando el arquetipo nabokoveano de la mítica “Lolita”. Desde el inicio de la novela, el autor no permite escapatoria a su personaje-narrador: “Sabía que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio.”, palabras con que abre, para continuar retratando el repugnante acto de un joven adulto que intenta justificar su instinto de depredador sexual de menores: “Ramiro la miró y supo que habría problemas: Araceli no podía tener más de trece años.”

Se trata de una obra manchada con el canon occidental. En ella el autor nos regala sus influencias: Elias Canneti, Fiodor Dostoievsky (Hermanos Karamazov, Crimen y Castigo), Thomas De Quincey (Del asesinato como una de las bellas artes, Confesiones de un opiómano), T.S. Eliot, junto a  los personajes de la leyenda del Doctor Fausto, o Borges y sus monstruos mitológicos, que nos permiten caminar las páginas con las ideas del asesino de la historia revoloteando en nuestra mente.

Ramiro Bernárdez obtiene su doctorado en París y vuelve a la Argentina a trabajar como docente en una universidad; pero luego de una cena, es incapaz de controlar sus instintos sexuales ante la presencia de una pequeña de 13 años, Araceli. Hasta acá, la historia puede ser completamente conocida por todos. Casos de pederastas como el del personaje de “Lolita”, la novela de Nabokov, son muy conocidos por todos. Quizá vuelva a nuestra mente aquella admonición del prologuista de la obra del ruso-norteamericano: “Sin duda, es un hombre abominable, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha, pero que no puede ejercer atracción”. Precisamente para no ser tan solo un texto derivado,  Giardinelli nos ofrece en su novela una genial vuelta de tuerca. Haciendo del “depredador”, la presa de sus propios remordimientos, como fantasmas que lo persiguen y que toman cuerpo, carne, huesos, sudor y seducción, para arrebatarle la tranquilidad y hacerlo escapar, huir desesperadamente, como un títere de las decisiones de su carcelero.

Giardinelli es hábil al ir lanzando poco a poco la furia intelectual de las mujeres que rodean a su personaje: “Sólo una madre puede entrar así a la habitación de un asesino, sin que éste reaccione”. Y entonces Ramiro Bernárdez se nos torna patético, caricaturesco, cobarde, y por lo mismo, de suma peligrosidad. Giardinelli extrae la venganza: Mujeres que lo cercan, y le hacen pagar sus actos. Aquel “gozamos con el crimen”, toma un nuevo derrotero. El masoquista dice ‘basta por favor, ya no puedo más’.

Las veladas justificaciones del actuar de muchos hombres son reproducidas, y entonces la novela muestra el retrato social sobre el que se ha caminado en las últimas 3 décadas, desde 1980: “Las mujeres representan el sentido común que nos falta a los hombres, se confesó. Y eso es lo que los hombres tememos. Por desearlas y necesitarlas, les tenemos miedo. Nos causan pavor.” Ramiro se convirtió en un vulgar violador, y acusa a la pequeña Araceli de haberlo provocado, de haberlo querido.

La nota roja siempre ha sido una posibilidad para la generación del acto literario. Los escritores tenemos que agudizar nuestra manera de observar a la sociedad, como bien nos lo deja establecido el autor de “Luna Caliente”. Porque es en la novela, donde los autores consiguen retratar a la sociedad y su tiempo. Y es necesario aprender a leer, considerando ese tiempo en el que un texto ha sido escrito y publicado.

 

 

Mempo Giardinelli. (1983). Luna Caliente. Editorial Planeta Argentina S.A.I.C. / Seix Barral. Buenos Aires, Argentina. 71 pp.

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