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Alertan por autodiagnósticos exprés de salud mental en redes sociales

-La psicoanalista Karla García Landero señala que la sobreexposición a videos en plataformas como Tiktok e Instagram alteran la percepción clínica, como TDAH y depresión, generando confusión, estigmas y retrasos en la búsqueda de atención

 

Las redes sociales están moldeando una nueva forma de entender la salud mental: rápida, emocional y profundamente distorsionada.

En plataformas como TikTok e Instagram, miles de usuarios se autodiagnostican ansiedad, Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), depresión o trastornos de personalidad a partir de videos breves que reducen condiciones clínicas complejas a tres síntomas aislados.

El fenómeno ya es visible en consultas psicológicas y en conversaciones cotidianas, donde jóvenes y adultos llegan convencidos de padecer un trastorno porque “encajaron” con un clip de 30 segundos.

Especialistas advierten que el consumo compulsivo de videos cortos altera la atención, la memoria y el estado emocional, y ese mismo estado de agotamiento hace que muchas personas interpreten síntomas comunes como señales de padecimientos severos.

Asimismo, señalan que esta práctica no sólo trivializa la salud mental, sino que genera confusión, estigmas y retrasos en la búsqueda de atención profesional.

La romantización de los diagnósticos, convertidos en etiquetas identitarias y contenido aspiracional, profundiza el problema y normaliza señales de alarma que requieren evaluación clínica, mientras el algoritmo repite, amplifica y confirma la sospecha inicial del usuario dentro de burbujas digitales donde todo parece encajar.

DEL INSOMNIO A LA CONCLUSIÓN EN PANTALLA

La historia de Mariana comenzó una madrugada cualquiera, cuando el insomnio la empujó a abrir TikTok “sólo para distraerse”.

Lo que encontró fue una secuencia interminable de contenidos sobre TDAH creados por usuarios que enumeran tres señales, dificultad para concentrarse, procrastinación y sensibilidad al rechazo, asegurando que “si te identificas, probablemente lo tienes”.

Mariana se reconoció en todo y, en menos de una hora, construyó una explicación de sí misma impulsada por el algoritmo, que aceleró la entrega de más testimonios y listas de síntomas.

A la mañana siguiente, llegó a la universidad convencida de su condición, con una frase que repetía como certeza “Tengo TDAH, ya lo vi en TikTok” y comenzó a reorganizar su vida alrededor de esa etiqueta, justificando olvidos, retrasos y discusiones bajo la premisa de su supuesto padecimiento.

Sus amigos la escucharon, algunos la apoyaron, otros replicaron el mismo contenido y se preguntan si también lo tenían. El scroll se “viralizó”, se volvió contagioso.

Semanas después, cuando el malestar crecía y la ansiedad se volvió más visible que la supuesta falta de atención, Mariana acudió a consulta psicológica.

La evaluación profesional reveló un resultado distinto: Mariana no tenía TDAH, sino insomnio crónico, presión académica, un duelo no elaborado y una elevada autoexigencia disparada al compararse con vidas idealizadas en plataformas digitales.

Tras desconcertarse al escuchar que había permanecido en una cámara de eco emocional, una burbuja donde el usuario recibe únicamente aquello que, valida su diagnóstico imaginado, la joven comprendió en terapia la diferencia entre síntomas y trastornos.

La especialista le explicó cómo las redes sociales amplifican explicaciones rápidas que ofrecen alivio inmediato, pero ocultan la raíz del sufrimiento, permitiéndole avanzar en un proceso terapéutico alejado de los algoritmos.

Mariana escuchó, tomó notas, respiró y, por primera vez en meses, vio cómo la explicación no venía en un video vertical, sino en una conversación que la considera como persona y no como algoritmo.

Actualmente, Mariana sigue en terapia, ha dejado de buscar respuestas en TikTok y ha empezado a construirlas en su vida cotidiana.

Reconoce que el autodiagnóstico de scroll le ofreció una identidad rápida, pero también le robó tiempo, claridad y calma.

Su historia es la de miles de jóvenes que encuentran en las redes una narrativa que promete explicarles quiénes son, sin advertirles que esa narrativa puede ser tan seductora como equivocada.

LA “ENCICLOPEDIA MEDIÁTICA”

Para la psicoanalista Karla García Landero, las redes sociales inciden directamente en la manera en que las personas nombran y comprenden su vida cotidiana.

Explica que la comparación constante con vidas presentadas como ejemplares, sumada a la exposición al juicio público, puede generar malestar, especialmente en la adolescencia, aunque reconoce que las plataformas también han abierto espacios para hablar de experiencias antes silenciadas.

No obstante, García Landero subraya que el problema emerge cuando conceptos clínicos se simplifican hasta convertirse en un diagnóstico exprés: estar triste no equivale a depresión; ser distraído o tener poca tolerancia a la frustración no es sinónimo de TDAH y una conducta egoísta tampoco define un trastorno narcisista.

La especialista enfatiza que identificarse con un video corto puede abrir una pregunta legítima sobre el malestar psíquico, pero no basta para establecer un diagnóstico clínico.

Detrás de este fenómeno, señala la psicoanalista, existen causas complejas, como la urgencia de comprender el sufrimiento y la búsqueda de identidad y pertenencia, donde una etiqueta ofrece un lugar de reconocimiento, pero corre el riesgo de dar por concluida la comprensión de una vida a partir de síntomas aislados.

Por ello, García Landero recomienda consultar fuentes confiables, distinguir testimonios personales de información médica y cuidar los vínculos cotidianos donde se pueda hablar y ser escuchado, recordando que la información sobre salud mental en redes debe sensibilizar y no sustituir la atención profesional.

El fenómeno del autodiagnóstico de scroll crece al ritmo del contenido viral y exige una mirada crítica antes de que la salud mental quede reducida a un video vertical.

La discusión apenas comienza y su impacto ya atraviesa consultorios, escuelas, familias y plataformas digitales.

 

Lourdes López

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