Poemas lúdicos a través de la frontera.

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porque los cadáveres

siempre son los hijos de otros

Antonio León.

¿Qué tiene de lúdico decir lo que se piensa de la sociedad, del hacinamiento, la persecución, el racismo, el sexismo, el limitar los derechos del otro, el acusarnos de monstruos, el apuntarnos con el dedo o con un arma los unos con los otros, más allá de los deseos, de los miedos, de los estertores del cuerpo, de la moral que nos queda guanga o de aquello que nos hace aplastar el cráneo del marica contra la acera?

¿Qué tiene de divertido sangrar todas las noches, contar a los desaparecidos, llevar el diario de la muerte que se esparce poco a poco entre los ojos de la prensa, la lente del fotógrafo, los grabados, los tatuajes, los moteles, al descorchar cada botella de vino y vaciarla en la cuenca de nuevas calaveras?

¿Qué tiene de irónico ser un artista consumido por el tedio de la desorganización, viviendo de arrimado en casa de una amiga en Mexicali, ver como acusan a aquella chica de la infancia de haberse embarazado de un desconocido para no aceptar que el padrastro la había violado?

El desempleo, qué tiene de amargo; la militarización y todos los pintalabios que corren detrás de los escrotos qué tienen de narcisismo. Qué tienen de divertidos, de mayeúticos, de sagrados, de reconocibles dinosaurios abriéndonos las piernas, el vientre, la mordaza que ya nos queda chiquita, y nos atragantamos de la risa mientras esperamos abiertos por otra cerveza, otra grapa, otro churro, y que sigan escarbando en las leyes y en la economía. El poeta mexicano que camina todos los días cerca del borde contra los Estados Unidos, lo sabe, lo come cada desayuno, ríe de los alto parlantes, se muere de la risa con cada golpe de sirenas para apagar los fuegos de una ciudad en la que el sol abrasa los pasos de todos los que caminan por las calles fundadas a medio desierto, y miran del otro lado ondear la bandera de las barras, las estrellas, y se caga de la risa porque eso no es más que un chiste para remodelar nuevos aspavientos de la conciencia: pónganse los muros, escarbemos los túneles, abramos las compuertas de la nostalgia, ¡allá vamos otra vez, pútrido sueño americano!

Todo eso es más o menos lo que Antonio León ha sabido acomodar en dos de sus obras que han caído ante mis ojos: busque caballos negros en otra parte (2015) y El Impala rojo (2017), este último que se alzara con el Premio Estatal de Literatura 2016 para el área de poesía. En ambos trabajos la dolorosa voz de Antonio León utiliza un lenguaje recargado de ironía, sordidez, patética burla, para evidenciar su entorno, el microcosmos en el que se desarrolla la vida del artista en México, particularmente en esta península de Baja California: nosotros conocemos a las funcionarias del estado / que tienen corazón de buque y coño ventrílocuo.

Pasa de lo regional a lo universal por los personajes que caminan sus obras: Leigh Bowery, Lucian Freud (el autor insiste en nombrarlo Lucien), Mick Karn, Bootsy Collins, Drew Barrymore, Tura Satana, Cantinflas, Nahui Olín, Leticia Perdigón, entre otros, como si caminaran juntos por el borde que es Baja California, y su extensión a través del Pacífico.

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