La lectura como escudo ante la violencia

Dr. Adán Echeverría-García.

La prohibición es aquello que nos conducirá siempre a formar parte de la civilización, reconociendo a la naturaleza, y sabiendo que podemos conquistarla; la civilización se constituye mediante la cultura, la técnica y las instituciones. La literatura misma nos lo enseña a cada paso. Desde el Génesis nos llegan esas primeras líneas que indican la posibilidad del dominio sobre la naturaleza: “Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.” Y de esta forma queda establecido lo que el ser humano es, a través del lenguaje, con esa capacidad de otorgar nombre a los seres vivos y a las cosas inanimadas, comenzamos a llamar a cada uno de ellos por su nombre, y a tener la imagen de todo lo que nos rodea en la memoria, que como un recuerdo podrá ser interpretado y re interpretado todas las veces que así lo necesitemos.

Porque no es el lenguaje aquello que nos separa de la naturaleza, (todos los animales tienen un lenguaje propio, e incluso queremos creer que existe un lenguaje entre las plantas con flores), pero el único ser vivo que hasta ahora conocemos como capaz de codificar el lenguaje y volverlo escrito, para que otro pueda decodificarlo, es el ser humano. Con la aparición de los primeros trazos que se utilizaron para representar los sonidos (o fonemas) dimos paso a la conquista de esta naturaleza en la que estamos inscritos.

El Libro de la Selva, de Rudyard Kipling, nos trae de nuevo a esa idea del ser humano inmerso en la naturaleza, tal como lo podemos ver igual en la saga de Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs, o en tantas otras obras literarias, incluso llevadas a la pantalla. El naturalismo, es aquel movimiento que nos permitió viajar a esas remotas zonas de América (La vorágine, Doña Bárbara, Martín Fierro), en el que las sociedades humanas vivían pegados a la naturaleza, estableciendo sus propios códigos de lenguaje, así como sus propia cultura, y donde podemos percibir que la educación civilizadora apenas va por el camino del conocimiento de la técnica, y donde en ocasiones las instituciones no son todavía capaces de ser funcionales en pro del respeto por el otro ser humano (Al este del Edén, El corazón de las tinieblas), porque aún no ha quedado claro el Contrato Social que todos firmamos al nacer en las sociedades humanas, como nos los señala Jean-Jacques Rousseau.

Si reconocemos que es la prohibición la que da lugar a la prohibición: “Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás”. Esta es la primera prohibición que se nos presenta en la cultura occidental, y con ella nos queda claro, que al desobedecerla, entra en nuestra sociedad la ideal del bien y del mal, ya que en la naturaleza, no existe nada parecido al bien y el mal. La idea de los conceptos del bien y mal, son conceptos humanos, basados en valores preestablecidos en las sociedades, y que así mismo son enseñados a los más pequeños.

De esta forma, si los adultos no tienen idea de lo que es el bien y el mal, si los adultos no son capaces de reconocer estos valores en ellos ni en los otros que los rodean, serán capaces de poder enseñarlos a los más pequeños con los que tengan contacto, y por ello harán uso de su poder físico o del poder que les otorga las armas, la protección de las tribus de las que forman parte. La prohibición que nos conduce a ser seres civilizados, y poder establecer procesos de educación como sociedades, no aplica en aquellas personas que siguen viviendo como bestias, apenas haciendo uso del poder que les otorga un arma, con la cual pueden violentar el estado de paz de las sociedades humanas.

En la literatura seguirá estando ese pensamiento que nos conforma. ¡Leamos pues, leamos siempre!

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