La fanática violencia.

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No hay que confundir afición con fanatismo. Liarse a golpes por los colores de un equipo, un partido político, una religión, una patria, es un constructo de debilidad del pensamiento. Nadie que tenga dos dedos de inteligencia busca liarse a golpes con aquel que piensa diferente o tiene otros amores.

El infantilismo en la sociedad permea en todos aquellos personajes que buscan que el poder de los puños (los menos cobardes) pueda significar valentía. Porque el valor no es la antítesis de la cobardía. Lo es la mesura, la inteligencia, la educación.

Los pasados actos de golpizas que todos tuvimos ocasión de mirar por la televisión entre pseudo aficionados de Tigres y Monterrey, muestra la pobre educación que permea entre los individuos de las sociedades. Lo mismo ocurren con aquellas trifulcas que ocurren entre los pseudo aficionados de América y Pumas, cuando se lían a golpes por las calles de la CDMX, se acuchillan, se atropellan, apedrean camiones.

El ejemplo a seguir es que un futbolista puede golpear a un comunicador de un medio de televisión, y con los años terminar de gobernador de un estado de la república. Y un excelente entrenador puede abofetear a otro comentarista de soccer, que levantaba una campaña de insultos a los futbolistas, y se metía hasta con su familia, y terminar con la destitución del entrenador, y el lloriqueo en redes del comentarista.

“El que se lleva se aguanta”, decía mi Tía Evelia, cuando en medio de un juego de niños, los primos y hermanos acabábamos en pleito. El infantilismo de la sociedad en personajes de 20, 30, 40, 50 años, como signo evidente de su mediocridad mental, su cobardía evidente en las golpizas, a las que solo se atreven, en grupo. Mire usted los linchamientos que ocurren en la Ciudad de México y sus alrededores, los acuchillamientos y golpizas por jóvenes vestidos con jerseys de fútbol americano, arremetiendo contra estudiantes que continuamente protestan para no tener clase en la Universidad.

Clase es lo que hace falta en la sociedad mexicana y sus jóvenes. Lo real es que tanto los políticos, como muchos malos comentaristas de deportes, se la pasan azuzando al televidente, al aficionado en contra de entrenadores, jugadores, equipos mismos, y luego guardan las manos, guardan las palabras, dicen cosas como: “Yo solo doy mi comentario, no soy el que agredió a nadie.” Pero uno de estos comentaristas puede insultar hasta a un pueblo centroamericano y luego decir que No lo hizo, que malinterpretaron sus palabras, porque son incapaces de Ofrecer Disculpas al lector, al televidente, al Otro.

Son incapaces, dentro de su irresponsabilidad infantiloide, de no saber reconocer que hablar frente a un micrófono, usar la palabra, el lenguaje todo, requiere una responsabilidad que es necesario asumir. Las palabras claro que dañan, claro que matan. Pues es con las palabras con que se destruye la integridad del otro, las ideas de los otros, porque al ser leídas, son asimiladas dentro de la cultura del lector, y por ello pueden causar estragos en aquellos que no tienen la suficiente educación y cultura para aprender a ignorarlas.

Hablar frente a un micrófono, escribir una columna, es liberar el pensamiento sin saber hacia quien llegará tu ordenamiento de ideas. Y lo que tiene de maravilloso ese acto de la escritura, lo tiene de peligroso, si llega a los ojos de un fanático cargado de rencores, odios construidos, exacerbados por la multitud de sus camaradas.

La violencia en el deporte seguirá existiendo mientras deportistas, árbitros, entrenadores, dueños de equipos, aficionados, comentaristas, periodistas, revistas de deportes, y todos aquellos que participen de esta actividad-negocio, no asuman su responsabilidad.

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